Reaccionar

Eso que hacemos por no estar realmente ahí

Índice

 

La escena ya estaba preparada

Hace un rato estabas muy convencido de tu respuesta. Ahora ya no tanto. Seguramente no recuerdes exactamente qué ocurrió. Pero cuando vuelves a ese momento, las sensaciones, la velocidad mental, el calor subiendo por dentro, reaparecen. Es como si el cuerpo anhelara mantenerse anclado a una razón que se difumina como un sueño al despertar.

Alguien había dicho algo. O no lo dijo. Fue un gesto. ¿O era un silencio? No logras reconstruir la escena, solo flashes. Recuerdas cierto tono en tu voz mientras intervenías. Para ti estaba claro, todo se había ordenado sin pensar. Toda la escena quedaría saturada de tu intensidad en cuestión de segundos. Era así, como tú decías.

Después llegaron más palabras. Quizás un tono seco. Una retirada brusca. O una explicación larguísima intentando demostrar algo que, en ese momento, ya era evidente y que sin embargo ahora, unas horas después —o quizá días—, todavía te cuesta observar y tocar: no tenías tanta razón. No necesariamente porque estuvieras “equivocado”. Eso sería demasiado simple ya que la vida rara vez funciona como un juicio donde alguien gana y otro pierde. Lo que asoma más bien es otra sensación.

Más difícil de sostener: la sospecha de que aquella intervención no nació solo de lo que acababa de ocurrir, sino de un patrón conocido. Que tu respuesta estaba ya muy cerca de la superficie, esperando una forma, una frase, un gesto o un silencio donde engancharse. En definitiva, la inquietante idea de que no eras únicamente alguien reaccionando ante un estímulo externo, sino también alguien cuya historia, atención y sensibilidad estaban participando activamente en la manera de encontrarlo.

Una sociedad entrenada para reaccionar

En una sociedad reactiva, nadie nos va a instruir para observar nuestras reacciones de esa manera. Horas de clase, años de estudio, décadas de convivencia con familiares y sin embargo, llegamos a la edad adulta creyendo ciegamente que reaccionamos a algo que sucede fuera de nosotros y con lo cual no tenemos nada que ver. Que primero ocurre algo en lo ajeno ante lo cual se libera nuestro cansancio, hastío o miedo acumulados.

Pero desde una mirada vincular, la experiencia humana no es lineal ni inconexa. No vivimos los acontecimientos como una sucesión limpia de hechos exteriores ante los que después respondemos con absoluta objetividad. Nuestra historia, nuestras defensas, nuestras heridas, nuestras expectativas y también nuestro estado corporal participan y configuran lo que ocurre y cómo percibimos lo que ocurre. Por eso, aunque la mayoría de las veces sigamos cayendo en que nuestra reacción es por culpa del descerebrado que tenemos enfrente, en verdad nuestra atención nunca llega completamente pura a la escena.

Atendemos desde un lugar. Desde una memoria. Y esa memoria, sin que nos demos cuenta, puede hacer que determinados gestos nos resulten insoportables, que ciertas palabras nos atraviesen más de la cuenta o que algunos silencios parezcan confirmar algo que temíamos desde mucho antes.

Y quizá aquí empieza lo más difícil de aceptar: el detonante no está separado de nuestro viaje. No aparece solo como un accidente exterior, ni como un simple obstáculo que interrumpe nuestra supuesta paz interior. Aquello que nos toca, nos hiere o nos desordena también forma parte de la escena exacta a través de la cual viaja nuestra conciencia para reconocerse. La persona que nos contradice, el gesto que nos enciende, la frase que nos deja sin aire o el silencio que nos resulta insoportable no son solo elementos externos: son también formas concretas a través de las cuales el destino nos muestra dónde seguimos atrapados.
En ese sentido, cada uno «encuentra» sus propios escenarios. También sus propios personajes. No porque los atraiga a voluntad, sino porque hay encuentros que parecen tocar con una precisión inquietante el lugar donde todavía no somos libres. Lo que nos detona entra en el recorrido de nuestra conciencia por el destino como una figura necesaria, incómoda y reveladora. Sin ese otro, sin ese gesto, sin esa escena, quizá seguiríamos intactos, pero también dormidos. Imagina la historia de Jesús sin Judas. No se puede, porque, a efectos de experiencia humana, ambos forman parte de una misma expresión de lo humano.

Por si eso fuera poco y aquí podemos verlo con más claridad porque lo ajeno es impersonal, nuestra atención está fuertemente condicionada por la corriente de reactividad global. Pensamos que estamos eligiendo nuestra vida, nuestros actos y decisiones, pero por lo general, nuestra atención busca, selecciona y al final termina encontrando esos eventos, esas palabras, ese pequeño detalle en el mundo que sea capaz de liberar la carga que ya venimos arrastrando.

En el fondo necesitamos confirmarnos, ser aceptados y sentir pertenencia, pero en lugar de decir “esto me duele”, chocamos contra ello, resistiéndonos, apartándolo.

Y paradójicamente, donde podíamos usar cierta intensidad interior para reconocer nuestro dolor, usamos la técnica del ataque para mantener cierto control en nuestro interior. Lo malo conocido. Soltamos automáticamente la carga para alejarlo y no atravesarlo, porque claro, ¿Qué será de mi si atravieso el dolor y lo suelto? Tendría que aceptar la incertidumbre.

La reacción es una respuesta automática a través de la cual reducimos el caudal de información que recibimos de una situación, minando así la posibilidad de aprendizaje. Simplificamos con nuestra interpretación hasta tal punto las situaciones, que no dejamos espacio para que entre nada nuevo, lo cual obviamente, nos asusta más que el dolor interno que ya conocemos.

 

Lo que emerge no viene solo del presente

Esto puede observarse en escenas muy pequeñas. Una pareja discutiendo por cómo se coloca un plato en el lavavajillas. Un amigo tardando demasiado en responder un mensaje. Un compañero de trabajo que interrumpe una frase justo antes de terminarla. Una comida familiar que acaba en un incómodo y tenso silencio porque se ha hablado de política y los bandos se han atrincherado.

Las reacciones que padecemos los adultos, tanto quienes las emiten como quienes las reciben, parecen hablar del presente, pero rara vez pertenecen solo a lo que acaba de ocurrir. En muchos casos, lo que emerge de golpe viene acompañado de capas anteriores: experiencias repetidas, heridas no del todo elaboradas, formas aprendidas de defendernos, sensibilidades que se activan antes incluso de que podamos pensar con claridad.

A veces esas heridas son antiguas, incluso infantiles. Otras veces no y pertenecen a vínculos más recientes, a etapas de cansancio sostenido, a contextos donde nos hemos sentido ignorados, exigidos, invadidos o poco tenidos en cuenta. No todo lo que nos desborda procede de la infancia, pero casi siempre hay una historia pasada detrás de la intensidad con la que reaccionamos. Una historia que el se arroga el protagonismo del presente.

Y quizá por eso algunas discusiones producen luego una extraña sensación de desproporción. Como si una parte de nosotros reconociera, ya en frío, que aquello no iba solo sobre un plato, un mensaje, un gesto o una frase interrumpida. Si me fijo aparece suavemente la intuición de que eso ya me ha ocurrido en muchas otras ocasiones, con las mismas sensaciones, mismos resultados pero, en circunstancias muy diferentes entre sí.

El neurocientífico portugués António Damásio, conocido por sus investigaciones sobre emoción y conciencia, escribió algo muy revelador en “El error de Descartes”: “No somos máquinas pensantes que sienten, somos máquinas sentimentales que piensan.”

Nos reconforta pensar que percibimos el mundo de forma objetiva y luego elaboramos respuestas racionales. Pero gran parte de nuestra experiencia social ocurre al revés: primero aparece una disposición emocional y después la mente organiza un relato coherente alrededor de ella. La justifica.

 

El alivio de tener un culpable

La reacción tiene precisamente esa cualidad. Produce una narrativa instantánea que nos devuelve rápidamente una sensación de control. Algo incómodo ocurre y, en cuestión de segundos, ya sabemos qué ha sucedido, qué significa, cómo debemos sentirnos o a quién culpar. Eso calma momentáneamente el sistema nervioso. Reduce la incertidumbre. Devuelve estructura. Pero, obviamente, también tiene un coste.

La psicología académica lleva décadas mostrando hasta qué punto los seres humanos tendemos a organizar la información de manera que resulte compatible con lo que ya sentimos, creemos o necesitamos sostener en ese momento. No vemos primero con absoluta claridad para después sentir. Muchas malinterpretamos, sentimos, reaccionamos y nos defendemos. Justo después la mente compone una explicación suficientemente convincente como para que podamos seguir adelante sin mirar demasiado el asunto.

Esto no significa que todo sea inventado, ni que el otro no haya hecho nada, ni que no existan conflictos reales. Significa algo más incómodo: incluso cuando algo ha ocurrido fuera, nuestra manera de percibirlo y responder está profundamente condicionada por aquello que necesitamos proteger dentro. Tocar que somos una especie altamente vulnerable es probablemente uno de los ejercicios pendientes más profundos de la madurez humana.

Es por ello que no siempre vemos lo que ocurre, sino que hacemos de lo que vemos algo que podamos tolerar. Y si la circunstancia nos pilla desprevenidos, reaccionamos. Algo parecido sucede en la vida cotidiana, aunque en escalas mucho más pequeñas y silenciosas. A veces reaccionamos porque no soportamos sentirnos ignorados, inseguros, desplazados o poco importantes. Entonces aparece una interpretación automática y todo parece resolverse muy deprisa. La culpa es del otro. El problema está fuera.

Listo, la situación queda explicada. Y durante un instante encontramos una falsa sensación de control.

Pero esa calma tiene algo extraño y además dura poco. Porque en el fondo no hemos comprendido lo que ha pasado, no hemos registrado realmente nada de la situación. Solo hemos conseguido descargar tensión. Una tensión pasada que se cuela en el presente con una seguridad desmedida.

Cuando reaccionamos de forma automática, corremos el riesgo de violentar el momento presente con nuestra memoria personal. Y eso casi siempre produce conflicto. Por eso muchas reacciones dejan después una especie de resaca interior. No necesariamente culpa. Más bien una mezcla entre pesadez y vergüenza. Como si algo dentro reconociera que la arrogancia del pasado ha vuelto a recorrer un camino demasiado conocido.

 

La dificultad de permanecer

El filósofo Jiddu Krishnamurti decía en una de sus conferencias en Saanen, Suiza, en 1968: “La observación sin evaluación es la forma más elevada de inteligencia”. Puede sonar abstracto. Hasta que uno intenta hacerlo de verdad. Observar sin evaluar es observar sin reaccionar, sin necesidad de atrapar lo que ocurre a la primera. Sin decidir tan rápido lo que significa algo. Sin correr a ocupar un lugar claro dentro de la escena con un personaje que viene preconcebido.

Estar sin necesidad de controlar. Menos ocupados en proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos, con el pecho abierto y vulnerable. ¿Te imaginas  ese nivel de libertad y cuánta energía quedaría disponible para la creatividad?

Ahora bien, permanecer no significa callar siempre, aguantar cualquier cosa o convertir la pausa en una forma elegante de sometimiento. A veces una reacción señala algo importante: un límite cruzado, una invasión, una falta de respeto, una injusticia o una situación que necesita una respuesta clara. Observar la reacción no implica negar lo que ocurre fuera, ni justificar el daño, ni renunciar a protegernos. Implica darnos unos segundos más para distinguir si estamos respondiendo al presente o descargando sobre él una historia antigua.

Ahí empieza una dificultad enorme, terrorífica para el humano moderno. Porque reaccionar no es solo un hábito psicológico. También es una forma de protección. Una manera de evitar el contacto completo con aquello que desordena la idea que tenemos de nosotros mismos. En otras palabras, reaccionar es desmantelar un Yo que lleva muchos años abanderando el famoso ya sé qué es esto.  

Hay personas que se enfadan rápidamente. Otras se cierran. Otras ironizan. Otras necesitan explicarlo todo. Algunas desaparecen emocionalmente mientras siguen físicamente presentes. Cada uno desarrolla sus propios mecanismos. Pero debajo de todos ellos suele haber algo parecido: la dificultad de permanecer unos segundos más dentro de la tensión de la incertidumbre, del no sé lo que siento, del no sé quién soy en esto. Sin resolver enseguida.

Sin necesidad de saturar la situación de enfado, soberbia, ausencia o sarcasmo.

En Thinking, Fast and Slow, Daniel Kahneman describe cómo gran parte de nuestras decisiones cotidianas surgen de procesos automáticos, rápidos e intuitivos que buscan eficiencia antes que profundidad. El cerebro ahorra energía simplificando constantemente la experiencia. Y probablemente eso fue útil para sobrevivir como especie durante miles de años. El asunto aquí es que una vida humana ya no puede sostenerse solo desde la supervivencia.

Necesitamos presencia y vínculo, pero también discernimiento. Presencia para no convertir cada incomodidad en una guerra. Discernimiento para no llamar “trabajo interior” a lo que, en realidad, pide un límite, una conversación honesta o una retirada a tiempo. Y eso requiere atravesar una herida narcisista tremenda: aceptar que no siempre tenemos razón, pero tampoco siempre tenemos que quedarnos.

 

La grieta en el automatismo

Tal vez por eso algunas personas empiezan a cambiar no cuando dejan de reaccionar —eso sería bastante improbable—, sino cuando empiezan a reconocerse dentro de la reacción misma, mientras está ocurriendo. Se dice en el enfoque terapéutico de la Gestalt que sin “darse cuenta” no hay cambio posible. Gestalt es forma o configuración, por lo tanto, sin darme cuenta, sin percibir claramente la forma o configuración que estoy haciendo de la realidad es imposible salir de la misma.

Luego, poco a poco, reconociendo que nuestro sistema nervioso está hiper-excitado -recordemos, azuzado por lo colectivo- y que biográficamente venimos heridos, aparecerán instantes, ventanas muy pequeñas en las que algo pueda verse y uno comenzará a registrar en el momento lo que hay en el cuerpo: manos inquietas, mandíbula prieta, tensión en el estómago, necesidad urgente de responder, irse, la irrupción de un comentario tajante antes siquiera de escuchar del todo, etc.

Y un día, sin previo aviso pero respaldada por una práctica sostenida de la atención, aparecerá una pausa diferente. No una paz luminosa ni un vórtice espiritual abriéndose en los cielos. Solo una pequeña grieta en el automatismo. Una falla en el sistema de defensa que se abrirá y por la que de repente entrará un tímido rayo de luz. Algo se aflojará y surgirá un “¿está pasando exactamente esto que creo que está pasando?”. Así comienza…

 

Convivir para vernos

En Medita Natura observamos mucho este tipo de procesos en nuestra actividad. No porque aquí la gente reaccione más que fuera, ni menos, sino porque el contexto de convivencia vuelve visibles cosas que normalmente quedan tapadas por la prisa, el ruido o la distancia. Nuestro método: compartir silencios, tareas, autosuficiencia y espacios de apertura, acaban mostrando algo muy simple: para vincularnos auténticamente necesitamos sostener entre todos las descargas de nuestras historias previas, nuestras interpretaciones de lo que esto debería ser y las viejas defensas que protegen algo que no sabemos realmente ni cuándo ni cómo empezó.

Y quizá convivir tenga que ver justamente con eso. No con evitar el conflicto, sino con aprender a percibirnos dentro de patrones colectivos de reacción. Permanecer un instante más antes de decidir quién tiene razón. Sostener la tensión interna antes de convertir una sensación en una verdad absoluta. Comenzar a registrar en presente en lugar de reaccionar con contenido caducado, permitiendo que ese pasado que necesita defenderse a través de nosotros tenga amplitud suficiente como para que no sea preciso descargarlo al instante.

La ecuanimidad no aparece solo cuando resolvemos los conflictos, sino cuando aprendemos a darle espacio a lo que aún no está resuelto. A veces llega unos segundos después, dentro de ese espacio recién ampliado en el que ya no necesitamos correr tan rápido a explicarlo todo. Nadie nos enseñó, es cierto. Pero podemos empezar poco a poco: poniendo atención justo ahí, en el instante en que la reacción quiere ocuparlo todo y, por primera vez, dejamos de hacer eso que hacemos por no estar realmente ahí.

Comparte este blog: